Un día me encontré raro, no coincidía por dentro, ni por fuera, conmigo mismo. No era quién sabía debía de ser. Me parecía que vivía fuera de mi naturaleza; Satur estaba muy lejos de Satur: deteriorado y roto. Me había convertido, después de 27 años en el opus, en un esclavo de un papel en la comedia social de la prelatura. Estaba como ausente de mi propia existencia; de repente caes en la cuenta de que te estás engañando y, lo que es peor, engañas a los demás, y que ese engaño impregna todas las relaciones, incluso las más íntimas.
La gente, tus hermanos, los cooperadores y amigos, no son rostros, sino máscaras de teatro que se intercambian promesas, gestos cariñosos, consuelos de elegidos e iniciados en la superficialidad de palabras mil veces dichas, frases hechas, tics de grupo, consejos acortezados... En todo ello se podía mezclar la emoción como en el teatro, o en el cine, pero esta emoción no tocaba el fondo solitario del alma, de la mía; esa emoción estaba ligada a una imagen, no a una realidad; nacía de una representación, no de una presencia. Y me parecía que toda aquella peña, yo incluido, se sentían en sus almas tan pobres que lo que más temían era su propia desnudez. Preferíamos intercambiarnos falsas riquezas antes que unir nuestra verdadera indigencia. Me había convertido en un hipócrita.
Te obligabas a hacer la charla y contar tus confidencias de un modo absurdo, difícil, sin vida. Ése que me escuchaba no era un amigo, ni siquiera un hermano: era un burócrata, un funcionario acostumbrado a representar lo que se espera de su cargo y condición. Incluso en aquellos primeros años de entrega, cuando uno vivía una sinceridad salvaje, con frecuencia patológica (forzada la intimidad hasta límites peligrosos), incluso entonces sentías ese desasosiego interior que produce lo artificial. Y cuando era yo quien escuchaba, quien atendía, a pesar de buscar lo mejor para esa persona, ¡ay!, con cuanta frecuencia todo era la costumbre de un horario, las frases hechas del sistema, los gestos que sabía debía de hacer y los consejos políticamente correctos que asentar en esa alma. No había vida. Observaba que bastantes de esas biografías que me rodeaban o acompañaban, la mía incluida, se sostenían sobre creencias que andaban muy lejos de la libertad, del amor, de la madurez. Preferíamos vivir en los criterios, las consignas, las normas, la seguridad de que me lo den todo hecho. Todos sabemos que las religiones no salvan al hombre, por muy perfectas y normativizadas que se presenten. Es Jesucristo... pero fácilmente caemos en la tentación de abrazarnos a instituciones que prometen la salvación con sólo permanecer fieles a ellas. Nos convertimos en autómatas que incluso están dispuestos a reprimir la biología más elemental -sentir, tocar, amar, reír, llorar- para entregarse con risueña insensatez a un destino gregario; con el cebo de una promesa de santidad segura a base de frases millones de veces repetidas que atornillan la conciencia, con chutes semanales de medios de formación personales y colectivos, de retiros mensuales y convivencias, con la corrección fraterna, que narcotizan el sentido crítico noble y responsable y que generan adicciones personales al grupo y peleles de tomo y lomo. Se prefiere vivir una vida vicaria, encerrada en una cámara de asepsia y autismo con ese mundo que se dice amar, pero en que queda excluida, en esa cámara, cualquier germen de humanidad, porque se es clasista y elitista.
Para volver a vivir con los demás sin máscaras ni maquillajes debía primero coincidir conmigo mismo, es decir, desembarazar al alma del yo y a la persona del personaje. Darme y enseñarme al mundo, al mío, tal como soy, dar sin saber que doy -todo lo contrario de lo que hacía en la opus, que te das sabiendo qué das-. Deponer todas las armas y todas las máscaras, andar sin esos movimientos de defensa y ataque que hacen de la vocación, del amor, un juego lleno de reglas, normas, criterios donde se refleja una perfección tan absurda como estéril. Gracias a Dios, prefiero unos instantes de verdadera comunión, lo que dura una mirada, uno sólo de esos minutos divinos que despojan al alma de todo lo que no es ella misma, a vivir en la fantasía narcotizada que, con sus intercambios de falsa moneda, no conducen más que a la unión de dos sombras, o al narcisismo de la santidad. Muchas veces deseamos tanto escapar de la soledad, buscamos la seguridad de un modo tan compulsivo, que olvidamos las dos cosas imprescindibles: la pureza del amor y el respeto de la libertad entre los que se aman.
Precisamente ninguna de estas dos cosas existían en mi vida en el opus. Mi amor no era puro; quizás ya no quedaba ni amor. Hay ciertos sentimientos que se le parecen, pero no los llamo amor (hace tiempo que esos sentimientos no me engañan). ¿Respeto a la libertad entre los que se aman?; en el opus dei no saben qué significa la palabra libertad. Se habla mucho de ella, pero desconocen totalmente de qué trata. Es muy difícil ser libre cuando ya de pequeño te enseñan a que cuentes todo con una sinceridad salvaje en una confidencia semanal donde obligan el temario, se te impone: Fe, Pureza, Vocación; cumplimiento de las normas una a una -con hojita incluída para que no olvides ni una; apostolado -con repaso de la lista de amigos-, trabajo, mortificación -con su lista de pequeños sacrificios-, amor al Padre, devoción a San Josemaría... ¡un mundo!. Y te enseñan, lo repiten hasta la saciedad, que si uno en la charla no habla de pureza, malo. Mala señal. No decían "si uno no habla de Fe, malo", o "si uno no habla de apostolado, malo", lo que se recalcaba era la Pureza: si no se habla de Pureza, malo, es que hay algo seguro. Y así te veías a contar una cantidad de tonterías, algunas rayaban la patología freudiana más profunda, por contar "algo". El que conoce sabe de qué hablo.
La sinceridad, la de verdad, no tiene cabida. Si dices que estás en crisis te dan la vara de tal manera que prefieres callar y marchar cuanto antes; no buscan tu bien, no te escuchan. El director de turno, aunque sepa que lo mejor es aconsejar otro camino, se resiste a ser consecuente porque sabe que eso no lo puede decidir él: lo decide la prelatura a través de un Spíritu codificado donde no caben biografías personales, diálogos tranquilos; no entiende que la vida es argumental, lo que supone variaciones, etapas, y posibles cambios buscando lo mejor en el otro; no escucha, porque no le cabe en la cabeza, que esa imagen de continuidad buscando su propia vocación (a veces más sensata y " pequeña" que la de darle la vuelta al mundo como un calcetín) en cualquier persona es esencial. La vida se detiene, tiene pausas, remansos, vuelve a empezar una vez y otra en circunstancias distintas, después de que se han operado cambios que quedan incorporados a lo anterior. Por mucho que se insista en la continuidad, en la fidelidad a cualquier precio, no está reñida con el cambio permanente en el que se vuelve a empezar una y otra vez. Se puede ser fiel a uno mismo dejando la senda del opus dei. Y más cuando él no quiere oír: sólo quiere el número, la cantidad, la perseverancia autómata. Como esas personas posesivas que sacrifican su vida a una mujer, a un esposo o a un amante, con el que no han tenido más intercambios interiores que los que podía haber tenido con un animal, o con la muñeca que tuvieron de pequeñas. Y lo más grotesco es que los desdichados que son el objeto anónimo de ese entregamiento falso se creen escogidos, especialmente preferidos y queridos por sí mismos. Como esa gallina amorosamente encorvada sobre unos caracoles -de noche le robaron las crías que guardaba con cariño- supliendo y prodigando en su instinto ciego e irresistible el mismo amor, idénticos cuidados. El objeto no tiene importancia, el intercambio no es necesario. La gallina, cerrada sobre sí misma y radicalmente incapaz de elección y de comunión, se aferra a cualquier objeto para satisfacer su necesidad.
Y encuentras actitudes que te duelen. Mucho.
Conozco una supernumeraria que tuvo el mismo año dos hechos. La muerte repentina de una hija numeraria -falleció mientras dormía a los treinta años-, y la marcha del opus de un hijo numerario. Todavía hoy, cuando habla de estos temas dice, sin rubor alguno, "me dolió mucho más que mi hijo abandonara el opus dei que la muerte de mi hija". Si eso no es fanatismo, que venga Chichinabo y me lo diga.
Una hermana mía, numeraria, rezó y pidió al Señor -sabiendo que me estaba planteando dejar el opus- que me muriera antes de abandonar el opus. Dios no la escuchó. Gratias, tibi Deus, gratias tibi!.
No son anécdotas aisladas. Se pueden contar a patadas. Esto se enseña: se anima a la gente a rezar para pedir la muerte antes de fallar en tu vocación. Cuando estás bien, pues no pasa nada, lo pides encantado. ¡Ay, cuándo estás mal!: se sufre, y se sufre mucho. ¿Quién causa ese dolor, eso desquiciamientos?..
- ¿Oiga, es la opus de dios de la prelatura?
- Sí, aquí es. ¡¡¡PAX!!!
- In aeternum, forever. Oiga, que me gustaría de saber porqué producen de dolor y de desquiciamiento con ciertos consejos sobre de que si te vas eres un desgraciado y de que no te querrá naidie como nosotros y de que el infienno está lleno de bocas cerradas y gente que se ha ido.
- ¡¡¡PAX!!!
- Sí, vale, Pax: pero que me gustaría de saberlo.
- ¡¡¡PAX!!!
- Ya, Pax, ok, Pax: pero que de porqué.
- .....................................................
No sabe. No contesta.
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martes, 13 de febrero de 2007
miércoles, 13 de abril de 2005
NO HAY QUE TENER MIEDO A IRSE DEL OPUS DEI
Por S.S., recibido el 13-7-2003
Del mismo modo que la limosna puede equivocarse de pobre pero si está dada con un corazón limpio no se equivoca de Dios, así sucede cuando un día descubrimos que equivocamos en la decisíón de entregar toda nuestra vida, entera, por amor, a una institución que los años te hacen ver que te has vuelto gente pequeña, burguesa, acomodada, sin ideales...porque cuando colocas por encima de todo la tranquilidad de tu vida, inmediatamente, renuncias por completo a una vida guiada por las ideas. Es hora de volver a empezar,de abrir las ventanas y dejar que entre el airecillo de la libertad. No hay que tener miedo.
Es cierto, además, como escribió ayer una amiga (y se repite en bastantes testimonios) que el escándalo de comprobar los efectos devastadores en la psique de numerarios/as, agregados/as es como para salir corriendo y no parar hasta el miércoles de la semana que viene. Y acostumbrarse a vivir entre esos "efectos colaterales" de unas exigencias sin sentido. Y es que el opus, su fundador, parece que deseaba abarcar todos los modos de la ascética de todas las congregaciones, desde las dureza del Císter, a las devociones franciscanas, Trinitarias, pasando por las pinceladas jesuíticas... y montó un plan que si alguien intenta llevarlo por el libro acaba zumbado, lo quiera o no. A Monseñor nadie le tenía que enseñar nada. ¿Qué las monjas usan cilicio, disciplinas y duermen en un jergón?, pues nosotros también. ¿Qué los monjes no salen a fiestas y bodas, ni a visitar su familia?, ¡pues, hala, nosotros también. ¿Qué los Trinitarios se rezan el Quicumque y tienen el trisagio angélico?, pues, venga, nosotros más... nosotros con Tres Exposiciones del Santísimo a las cuatro de la tarde con incienso y salve incluida, para que no se diga. ¿Que las Esclavas de Jesús tienen una devoción a la Eucaristía especial?, ¡bah!,nosotros nos marcamos una exposición los jueves, otra los sábados, nueve en el novenario, otras por días especiales, y lo que haga falta, que en amor a la eucaristía no me gana nadie...
Yo creo que escrivá tenía unos yuyus de padre y señor mío (por algo vivía en su casa un psiquiatra que al fallecer monseñor se fue a otro centro). Por ejemplo, cuando le dio, menos mal que no salió la idea, porque los numerarios fueran con una capa al oratorio a hacer las normas (la capa la tenía ya diseñada con escudico y todo) recordando a las órdenes medievales los monjes soldados (¡qué miedo!). O cuando se le ocurrió, imagino que en alguna tertulia de fiesta A, de esas que comenzabas el aperitivo con dos cubatas, seguías la comida con vino y champán y terminabas en la tertulia con dos copas de coñac, se le ocurrió, digo, que se pondrían poner sillones y sofás en los oratorios porque con el Señor se tenía que estar cómodo (!!!). O cuando le preguntaron cual era el mejor oratorio y rápido abrió una ventana y señalando la calle dijo "¡Éste!". Buen golpe de efecto, pero luego si no te veían hacer la oración en el oratorio te caía una corrección fraterna de chúpate esa... Buenoooo, si decías en la charla que como el mejor oratorio es la calle hacías la oración dando vueltas por el paseo de la Castellana.
Los yuyus de Escrivá debían de ser espectaculares. Recuerdo que cuando falleció nos venían a contar a las tertulias de la tarde y de la noche anécdotas de su vida gente de los mayores, los que vivieron con él. Tenía gracia porque la mayoría de las anécdotas eran sobre broncas, paquetes, riñas y numeritos que les montaba cada protagonista. Debía de ser un cascarrabias de aúpa. Cuando Pilar Urbano comenta la portada del libro el hombre de Villatevere -es Escrivá posando para un cuadro-, dice que le saca muy bien la fuerza interior a través de su mirada... a mi, la verdad, me parece que tiene una cara de que le va a coger el pincel al artista y se lo va a hacer comer con patatas... ¡vaya miradita!.
Total que un día salió un aviso (avisos se dan, más o menos, unos cinco mil millones a la semana) de que no era bueno hablar de nustro santo fundador siempre como alguien que corregía y bla,la, bla... y se paso a lo contrario (porque, todo hay que decirlo, es más divertido escuchar anécdotas fuertes): aquello era como leer Crónica durante una hora.
Por cierto (está lloviendo y tengo tiempo este sábado), lo de Crónica también se las trae; con eso de que dijo Chema que no podía ser un paño de lágrimas (comparándolas a otras revistas del sector eclesiástico,-¡qué manía con comparar!) se convirtió en una cosa más dulce, ñoña y simplona que la cantaba eso de "Dominique, nique, nique..." Todos los artículos eran iguales: "fuimos con Luis, Armando, otro Luis, Felipe, otro Armando, Oscar y otro Luis a hacer una visita de pobres; cuando llegamos el pobre no estaba, pero Luis, no el primer Luis, ni el otro Luis, sino el otro, dijo "¡no importa, siempre hay que poner buena cara!". Y, hala, todos tan contentos comiendo en silencio en el retiro mensual (más en silencio que los cartujos) pensando que el tal Luis -no el primero, ni el otro, sino el "otro"- era un perfecto armario.
La sección "favores de nuestro padre" era absolutamente psicotrópica. Los milagros caían como granos de arroz en una boda; había de todo, desde el que da gracias porque su hijo nació el mismo día que murió escrivá, aunque diez años después, hasta -lo conocí yo- el que agradecen los padres que saliera vivo su hijo de un accidente... vivo, pero con unas secuelas cerebrales importantes (¿no hubiera sido mejor milagro evitar el accidente?).
Ahora hay más favores: favores de don álvaro, de montse, de isidoro... incluso conocí la movilizacón en varias ciudades en las que viví de la promoción a la santidad de gente de la obra fallecida después del 26 de junio del 75. Una auténtica lucha tribal por elevar a los altares a Marianico (me lo invento), o a Jordi (también me lo invento), o a Arantzatzu (éste me lo invento más)... se ímprimían estampas de estrangis, se buscaban favores a nivel local, se presionaba a la delegación para que se mojaran, y así los deje. ¡Lástima! porque yo, la verdad, iba camino de tener, por lo menos por lo menos, una estampa con foto y aureola.
jueves, 20 de marzo de 2003
La conciencia después de la Obra [ I ]
La conciencia después de la Obra
I - Introducción
En un escrito anterior quise reflexionar sobre la conciencia y la Obra, enfocando el tema de la conciencia desde dentro de la institución hasta el momento de la salida. Ahora me parece pertinente pensar sobre lo que sigue, una vez que la Obra ha quedado atrás. Los problemas de la conciencia son otros, y en muchos casos, el marco de referencia para resolverlos también ha cambiado.
Este texto mismo es resultado y un reflejo de una conciencia transformada tras el paso por la Obra, por lo cual soy consciente de que tal vez no pueda ser entendido o resulte criticable para quienes no han pasado por esa experiencia o la hayan vivido de una forma diferente. Para facilitar su lectura, algunos párrafos están en letra más pequeña, pues son como notas al pie.
a. Hacer (Normativismo)
Hay que tener en cuenta qué tipo de lugar fue el que se dejó atrás. Un sitio semejante a la cultura legalista de los tiempos de Jesús, donde había tantos mandamientos (algunos hablan de 600 o más) que no se sabía muy bien cuál era el primero de todos...
En la Obra existe también una infinidad de mandamientos, que la burocracia interna va aumentando o cambiando con el tiempo. El fundador quiso que al menos quedara claro para siempre cuál era el primer de todos: cumplir las normas. Se entiende, entonces, que el amor y la misericordia no fueran prioritarios, sino que su lugar lo ocupara una versión muy parcial de la virtud de la justicia, esto es, la justificación personal (cumplir). Además, se trata de una justificación exclusivamente por las obras sin necesidad de pasar por la fe ni mucho menos por la caridad (primero que nada cumplir, el resto –el amor- es optativo, un aderezo). A tal punto es así, que el fundador se atreve a afirmar que la justificación por las obras es causa de predestinación:
«Puedo decir que el que cumple nuestras Normas de vida —el que lucha por cumplirlas—, lo mismo en tiempo de salud que en tiempo de enfermedad, en la juventud y en la vejez, cuando hay sol y cuando hay tormenta, cuando no le cuesta observarlas y cuando le cuesta, ese hijo mío está predestinado, si persevera hasta el fin: estoy seguro de su santidad» (Meditaciones VI, pág. 47).
El único beneficio que veo en estas palabras del fundador es que dan certeza a quien la busca de manera simple. Certeza que no tiene necesariamente un vínculo inequívoco con la verdad ni con la realidad.
Esta “máxima ascética” pone el acento en el hacer por encima del ser. Forma soldados de la vida piadosa, que ponen la obediencia y la ejecución por encima del discernimiento. Deforma las conciencias, pues no pocos se creen dispensados de la caridad con sus hermanos por el hecho de “cumplir las normas”.
Un ascetismo que recuerda mucho a Pelagio “cuyo modelo trazó siguiendo los principios éticos de los estoicos” (Enciclop. Cat.) y va a contramano del mensaje esencial del Evangelio y la doctrina de la Gracia.
El concepto de santidad que enseña la Obra deja a un lado la Gracia para concentrarse en el combate, una tarea esencialmente humana, cuyo resultado es el “mérito personal”. Se es santo por mérito propio, por luchar y ganar. Santidad vinculada al éxito y la predestinación.
La misericordia y la necesidad de perdón son temas que la ascética de la Obra no excluye, pero los utiliza para otros ámbitos, como el de la obediencia, para inculcar el sometimiento y la baja autoestima personal. En el ámbito de la santidad, en cambio, se trata de impulsar el crecimiento institucional (tanto el proselitismo como la alta autoestima institucional) y ahí no cabe otra que la fuerza de voluntad en su máxima expresión (en este contexto se legitima la coacción). La fórmula podría ser: lucho, luego soy santo. ¿Dónde queda lugar para la Gracia? En resumen, la Obra usa los conceptos teológicos cristianos para acomodarlos a sus fines corporativos.
La importancia central del concepto de lucha es que resulta una herramienta fabulosa para gobernar. De esta manera la santidad se puede medir y los directores pueden fiscalizar (RAE: «criticar y traer a juicio las acciones u obras de alguien»). El que no lucha (o al menos parece que no lucha exteriormente) demuestra mala voluntad o disposición interior inadecuada y puede/debe ser sancionado. Es un control perfecto, mensurable.
Y la santidad se vuelve una coartada perfecta para exigir que se luche por aquello que en realidad son metas de gobierno. Es la zanahoria delante del burro. Pues son los directores quienes dirigen la lucha y le dan sentido, definiendo los objetivos que se han de alcanzar (proselitismo, donaciones económicas, etc.) o al enemigo que se ha de combatir (especialmente luchar contra uno mismo y así vencer la propia resistencia frente al avance de la Obra en la vida privada de cada uno). La conciencia y el discernimiento son un estorbo en este contexto.
El problema es que, una vez que se ha aceptado la equivalencia santidad=lucha, se cae en una trampa/jaula muy difícil de salir –controlada por los directores, que manejan los hilos de la exigencia-, pues para desprenderse de sus lazos hay que, o bien escaparse con violencia, o bien descubrir la Gracia y ese enfoque de la santidad lleva de por sí a rechazarla, porque antepone la lucha a la Gracia. Se cree que es imposible la Gracia si antes no se lucha. Y la lucha supone unas metas imposibles de alcanzar (la Obra siempre pide más). La Gracia se vuelve un concepto vacuo, inoperante.
El espíritu de la Obra no es otra cosa que una teoría (una ideología) que justifica y refuerza las decisiones de gobierno y sus estrategias de crecimiento. No hay una teología coherente, cada concepto teológico y espiritual se utilizan para la ocasión, según sea necesario reforzar esta o aquella idea.
Si bien esas palabras de Escrivá sobre “las normas” se podrían teóricamente interpretar como un llamado a la piedad o a ser piadosos (el “porro unum” de Lc. 10, 42), en el contexto histórico concreto –de quien ha vivido en la Obra- se trata más bien de una ascética del esfuerzo, de inculcar el voluntarismo y la fe ciega en el fundador.
El hecho mismo de hablar de “normas” (apócope de “normas de piedad”) como sinónimo de “oraciones” está poniendo el acento en lo normativo más que en lo piadoso. “Cumplir las normas” (de tránsito, por ejemplo) es muy semejante a decir “cumplir la ley”. “Cumplir las normas” tiene que ver más con la obediencia que con la piedad, con la disciplina que con la caridad. El verbo más importante es cumplir, en vez de amar.
El acento está puesto en el concepto de lucha (humano) y no en la virtud de piedad (don divino, que procede de la caridad). No es Dios quien me lo otorga sino que yo lo alcanzo con mis propios medios.
“[Pelagio] consideró la fuerza moral de la voluntad humana (liberum arbitrium), cuando está fortalecida por el ascetismo, como suficiente en sí misma para desear y conseguir el noble ideal de la virtud (…) de manera que la naturaleza mantiene la habilidad de someter al pecado y ganar la vida eterna aun sin la ayuda de la gracia.” (Enciclopedia Católica)
Quien lucha se hace acreedor de la santidad, de tal manera que Dios estaría en deuda con él, doctrina que Escrivá aplica de diversas formas, por ejemplo al hablar de sí mismo:
«Vosotros decís: queremos lo que quiera el Padre, y acabáis antes, ¿no? Porque yo, además quiero lo que quiere El; así que [El] está en un compromiso tremendo» (del fundador, Meditaciones III, p. 401).
¿De dónde obtuvo Escrivá semejante razonamiento? ¿Acaso es Dios una marioneta? ¿Quién es Escrivá para “poner en un compromiso tremendo” a Dios? Tal vez el fundador lo decía de forma graciosa, pero seguro no lo decía en broma.
***
Para terminar este apartado, me parece oportuno transcribir un cuento que leí hace tiempo y habla del normativismo y la rectitud de intención. Quien sigue el camino del normativismo termina solo e intolerante.
Se preocupa especialmente por su propia justificación (¿frente a quien?) y no tanto por el bien de los demás o qué necesitan los demás, pues no los ve (no tiene en cuenta los sentimientos ajenos, por ejemplo).
Posiblemente una justificación frente a su doble interior a quien debe asemejarse cada vez más (el modelo perfecto asimilado en la imaginación e inalcanzable a la vez, irreal). De ahí que quienes viven de esta manera en sociedad tengan el deber ser un espejo donde el otro pueda verse reflejado y todos formen un conjunto espejado. No es la rectitud de la propia conciencia la referencia para actuar sino la fidelidad a un modelo propuesto desde afuera. La ausencia de integridad y el doble estándar (hipocresía) son consecuencias previsibles.
Así es como muchos describen el ambiente en ciertos rincones de los centros de mayores de la Prelatura Opus Dei: cada uno encerrado en su habitación individual y con un gran nivel de crítica interior, que muchas veces se manifiesta en vigilar al prójimo –a veces por medio de la denominada “corrección fraterna”- para asegurarse de que también se amargue la vida como él y no haya “privilegiados” que la pasen bien. Es el sometimiento al yugo de una ley que nunca desearon, simplemente no supieron cómo evitar.
Sucedió que un día en las puertas del Cielo, se juntaron algunos cientos de almas, que eran las que anidaban en los hombres y mujeres que habían muerto ese día...
San Pedro, supuesto guardián de las puertas de entrada al paraíso, ordenaba el tráfico:
-Por indicación del “Capo” vamos a formar tres grandes grupos de huéspedes, a partir de la observancia de los diez mandamientos:
El primer grupo, con aquellos que hayan violado todos los mandamientos por lo menos una vez.
El segundo grupo, con aquellos que hayan violado por lo menos uno de los mandamientos alguna vez.
Y el último grupo, que suponemos el más numeroso, compuesto por aquellos que nunca en sus vidas hayan violado ni uno de los diez mandamientos.
-Bien -siguió San Pedro-. Los que hayan violado todos los mandamientos, córranse a la derecha.
Más de la mitad de las almas se corrieron a la derecha.
-Ahora -proclamó-, de los que quedan, aquellos que hayan violado alguno de los mandamientos, córranse hacia la izquierda.
Todas las almas que quedaban se desplazaron a la izquierda...
Casi todas...
De hecho, todas, menos una.
Quedó en el centro el alma que había sido de un buen hombre, que vivió toda su vida en el camino de los buenos sentimientos, de los buenos pensamientos y de las buenas acciones San Pedro se sorprendió, solamente un alma quedaba en el grupo de las mejores almas.
De inmediato, llamó a Dios para notificarlo.
-Mirá, el asunto es así: si seguimos el plan original ese pobre tipo que quedó en el centro, en lugar de beneficiarse por su beatitud, se va a aburrir como una ostra en la soledad más extrema. Me parece que debemos hacer algo al respecto.
Dios se paró frente al grupo y les dijo:
-Aquellos que se arrepientan ahora serán perdonados y sus fallas olvidadas. Los que se arrepientan pueden volver a reunirse en el centro, con las almas puras e inmaculadas.
Poco a poco, todos empezaron a moverse hacia el centro.
-¡Alto! ¡Injusticia! ¡Traición! -se escuchó una voz.
Era la voz del que no había pecado.
-¡Así no vale! Si hubieran avisado que iban a perdonar, yo no me cagaba la vida!...
I - Introducción
En un escrito anterior quise reflexionar sobre la conciencia y la Obra, enfocando el tema de la conciencia desde dentro de la institución hasta el momento de la salida. Ahora me parece pertinente pensar sobre lo que sigue, una vez que la Obra ha quedado atrás. Los problemas de la conciencia son otros, y en muchos casos, el marco de referencia para resolverlos también ha cambiado.
Este texto mismo es resultado y un reflejo de una conciencia transformada tras el paso por la Obra, por lo cual soy consciente de que tal vez no pueda ser entendido o resulte criticable para quienes no han pasado por esa experiencia o la hayan vivido de una forma diferente. Para facilitar su lectura, algunos párrafos están en letra más pequeña, pues son como notas al pie.
a. Hacer (Normativismo)
Hay que tener en cuenta qué tipo de lugar fue el que se dejó atrás. Un sitio semejante a la cultura legalista de los tiempos de Jesús, donde había tantos mandamientos (algunos hablan de 600 o más) que no se sabía muy bien cuál era el primero de todos...
En la Obra existe también una infinidad de mandamientos, que la burocracia interna va aumentando o cambiando con el tiempo. El fundador quiso que al menos quedara claro para siempre cuál era el primer de todos: cumplir las normas. Se entiende, entonces, que el amor y la misericordia no fueran prioritarios, sino que su lugar lo ocupara una versión muy parcial de la virtud de la justicia, esto es, la justificación personal (cumplir). Además, se trata de una justificación exclusivamente por las obras sin necesidad de pasar por la fe ni mucho menos por la caridad (primero que nada cumplir, el resto –el amor- es optativo, un aderezo). A tal punto es así, que el fundador se atreve a afirmar que la justificación por las obras es causa de predestinación:
«Puedo decir que el que cumple nuestras Normas de vida —el que lucha por cumplirlas—, lo mismo en tiempo de salud que en tiempo de enfermedad, en la juventud y en la vejez, cuando hay sol y cuando hay tormenta, cuando no le cuesta observarlas y cuando le cuesta, ese hijo mío está predestinado, si persevera hasta el fin: estoy seguro de su santidad» (Meditaciones VI, pág. 47).
El único beneficio que veo en estas palabras del fundador es que dan certeza a quien la busca de manera simple. Certeza que no tiene necesariamente un vínculo inequívoco con la verdad ni con la realidad.
Esta “máxima ascética” pone el acento en el hacer por encima del ser. Forma soldados de la vida piadosa, que ponen la obediencia y la ejecución por encima del discernimiento. Deforma las conciencias, pues no pocos se creen dispensados de la caridad con sus hermanos por el hecho de “cumplir las normas”.
Un ascetismo que recuerda mucho a Pelagio “cuyo modelo trazó siguiendo los principios éticos de los estoicos” (Enciclop. Cat.) y va a contramano del mensaje esencial del Evangelio y la doctrina de la Gracia.
El concepto de santidad que enseña la Obra deja a un lado la Gracia para concentrarse en el combate, una tarea esencialmente humana, cuyo resultado es el “mérito personal”. Se es santo por mérito propio, por luchar y ganar. Santidad vinculada al éxito y la predestinación.
La misericordia y la necesidad de perdón son temas que la ascética de la Obra no excluye, pero los utiliza para otros ámbitos, como el de la obediencia, para inculcar el sometimiento y la baja autoestima personal. En el ámbito de la santidad, en cambio, se trata de impulsar el crecimiento institucional (tanto el proselitismo como la alta autoestima institucional) y ahí no cabe otra que la fuerza de voluntad en su máxima expresión (en este contexto se legitima la coacción). La fórmula podría ser: lucho, luego soy santo. ¿Dónde queda lugar para la Gracia? En resumen, la Obra usa los conceptos teológicos cristianos para acomodarlos a sus fines corporativos.
La importancia central del concepto de lucha es que resulta una herramienta fabulosa para gobernar. De esta manera la santidad se puede medir y los directores pueden fiscalizar (RAE: «criticar y traer a juicio las acciones u obras de alguien»). El que no lucha (o al menos parece que no lucha exteriormente) demuestra mala voluntad o disposición interior inadecuada y puede/debe ser sancionado. Es un control perfecto, mensurable.
Y la santidad se vuelve una coartada perfecta para exigir que se luche por aquello que en realidad son metas de gobierno. Es la zanahoria delante del burro. Pues son los directores quienes dirigen la lucha y le dan sentido, definiendo los objetivos que se han de alcanzar (proselitismo, donaciones económicas, etc.) o al enemigo que se ha de combatir (especialmente luchar contra uno mismo y así vencer la propia resistencia frente al avance de la Obra en la vida privada de cada uno). La conciencia y el discernimiento son un estorbo en este contexto.
El problema es que, una vez que se ha aceptado la equivalencia santidad=lucha, se cae en una trampa/jaula muy difícil de salir –controlada por los directores, que manejan los hilos de la exigencia-, pues para desprenderse de sus lazos hay que, o bien escaparse con violencia, o bien descubrir la Gracia y ese enfoque de la santidad lleva de por sí a rechazarla, porque antepone la lucha a la Gracia. Se cree que es imposible la Gracia si antes no se lucha. Y la lucha supone unas metas imposibles de alcanzar (la Obra siempre pide más). La Gracia se vuelve un concepto vacuo, inoperante.
El espíritu de la Obra no es otra cosa que una teoría (una ideología) que justifica y refuerza las decisiones de gobierno y sus estrategias de crecimiento. No hay una teología coherente, cada concepto teológico y espiritual se utilizan para la ocasión, según sea necesario reforzar esta o aquella idea.
Si bien esas palabras de Escrivá sobre “las normas” se podrían teóricamente interpretar como un llamado a la piedad o a ser piadosos (el “porro unum” de Lc. 10, 42), en el contexto histórico concreto –de quien ha vivido en la Obra- se trata más bien de una ascética del esfuerzo, de inculcar el voluntarismo y la fe ciega en el fundador.
El hecho mismo de hablar de “normas” (apócope de “normas de piedad”) como sinónimo de “oraciones” está poniendo el acento en lo normativo más que en lo piadoso. “Cumplir las normas” (de tránsito, por ejemplo) es muy semejante a decir “cumplir la ley”. “Cumplir las normas” tiene que ver más con la obediencia que con la piedad, con la disciplina que con la caridad. El verbo más importante es cumplir, en vez de amar.
El acento está puesto en el concepto de lucha (humano) y no en la virtud de piedad (don divino, que procede de la caridad). No es Dios quien me lo otorga sino que yo lo alcanzo con mis propios medios.
“[Pelagio] consideró la fuerza moral de la voluntad humana (liberum arbitrium), cuando está fortalecida por el ascetismo, como suficiente en sí misma para desear y conseguir el noble ideal de la virtud (…) de manera que la naturaleza mantiene la habilidad de someter al pecado y ganar la vida eterna aun sin la ayuda de la gracia.” (Enciclopedia Católica)
Quien lucha se hace acreedor de la santidad, de tal manera que Dios estaría en deuda con él, doctrina que Escrivá aplica de diversas formas, por ejemplo al hablar de sí mismo:
«Vosotros decís: queremos lo que quiera el Padre, y acabáis antes, ¿no? Porque yo, además quiero lo que quiere El; así que [El] está en un compromiso tremendo» (del fundador, Meditaciones III, p. 401).
¿De dónde obtuvo Escrivá semejante razonamiento? ¿Acaso es Dios una marioneta? ¿Quién es Escrivá para “poner en un compromiso tremendo” a Dios? Tal vez el fundador lo decía de forma graciosa, pero seguro no lo decía en broma.
***
Para terminar este apartado, me parece oportuno transcribir un cuento que leí hace tiempo y habla del normativismo y la rectitud de intención. Quien sigue el camino del normativismo termina solo e intolerante.
Se preocupa especialmente por su propia justificación (¿frente a quien?) y no tanto por el bien de los demás o qué necesitan los demás, pues no los ve (no tiene en cuenta los sentimientos ajenos, por ejemplo).
Posiblemente una justificación frente a su doble interior a quien debe asemejarse cada vez más (el modelo perfecto asimilado en la imaginación e inalcanzable a la vez, irreal). De ahí que quienes viven de esta manera en sociedad tengan el deber ser un espejo donde el otro pueda verse reflejado y todos formen un conjunto espejado. No es la rectitud de la propia conciencia la referencia para actuar sino la fidelidad a un modelo propuesto desde afuera. La ausencia de integridad y el doble estándar (hipocresía) son consecuencias previsibles.
Así es como muchos describen el ambiente en ciertos rincones de los centros de mayores de la Prelatura Opus Dei: cada uno encerrado en su habitación individual y con un gran nivel de crítica interior, que muchas veces se manifiesta en vigilar al prójimo –a veces por medio de la denominada “corrección fraterna”- para asegurarse de que también se amargue la vida como él y no haya “privilegiados” que la pasen bien. Es el sometimiento al yugo de una ley que nunca desearon, simplemente no supieron cómo evitar.
Sucedió que un día en las puertas del Cielo, se juntaron algunos cientos de almas, que eran las que anidaban en los hombres y mujeres que habían muerto ese día...
San Pedro, supuesto guardián de las puertas de entrada al paraíso, ordenaba el tráfico:
-Por indicación del “Capo” vamos a formar tres grandes grupos de huéspedes, a partir de la observancia de los diez mandamientos:
El primer grupo, con aquellos que hayan violado todos los mandamientos por lo menos una vez.
El segundo grupo, con aquellos que hayan violado por lo menos uno de los mandamientos alguna vez.
Y el último grupo, que suponemos el más numeroso, compuesto por aquellos que nunca en sus vidas hayan violado ni uno de los diez mandamientos.
-Bien -siguió San Pedro-. Los que hayan violado todos los mandamientos, córranse a la derecha.
Más de la mitad de las almas se corrieron a la derecha.
-Ahora -proclamó-, de los que quedan, aquellos que hayan violado alguno de los mandamientos, córranse hacia la izquierda.
Todas las almas que quedaban se desplazaron a la izquierda...
Casi todas...
De hecho, todas, menos una.
Quedó en el centro el alma que había sido de un buen hombre, que vivió toda su vida en el camino de los buenos sentimientos, de los buenos pensamientos y de las buenas acciones San Pedro se sorprendió, solamente un alma quedaba en el grupo de las mejores almas.
De inmediato, llamó a Dios para notificarlo.
-Mirá, el asunto es así: si seguimos el plan original ese pobre tipo que quedó en el centro, en lugar de beneficiarse por su beatitud, se va a aburrir como una ostra en la soledad más extrema. Me parece que debemos hacer algo al respecto.
Dios se paró frente al grupo y les dijo:
-Aquellos que se arrepientan ahora serán perdonados y sus fallas olvidadas. Los que se arrepientan pueden volver a reunirse en el centro, con las almas puras e inmaculadas.
Poco a poco, todos empezaron a moverse hacia el centro.
-¡Alto! ¡Injusticia! ¡Traición! -se escuchó una voz.
Era la voz del que no había pecado.
-¡Así no vale! Si hubieran avisado que iban a perdonar, yo no me cagaba la vida!...
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